Las ciudades pueden parecernos lugares poco apropiados para la fauna. Edificios, tráfico, ruido, iluminación artificial y millones de personas no forman precisamente el paisaje que imaginamos cuando pensamos en observar aves, sin embargo, basta con levantar la vista.
Gorriones alrededor de una terraza, vencejos atravesando las calles a toda velocidad, palomas en las plazas, mirlos buscando alimento en el césped, cernícalos criando en edificios o pequeñas aves recorriendo los árboles de un parque. Las ciudades se han convertido en un ecosistema propio y algunas aves han aprendido a aprovecharlo extraordinariamente bien.

La ciudad también es un hábitat
Para un ave, una ciudad no es simplemente un conjunto de edificios. Es un territorio lleno de posibilidades. Hay árboles, parques, jardines, solares, tejados, balcones, fuentes, estanques y estructuras que pueden utilizarse para descansar o reproducirse. Además, las ciudades suelen presentar diferentes pequeños ambientes muy próximos entre sí.
Un parque puede funcionar como una pequeña zona forestal. Un descampado puede parecerse a un terreno abierto. Un estanque urbano puede atraer aves acuáticas y los edificios pueden ofrecer lugares similares a los acantilados y paredes rocosas que algunas especies utilizan de forma natural. Las aves capaces de aprovechar estos recursos tienen una enorme ventaja.
Los edificios se han convertido en acantilados artificiales
Esta es una de las adaptaciones más interesantes, algunas aves que originalmente utilizaban paredes rocosas, cuevas o grietas han encontrado estructuras similares en nuestros edificios. Huecos bajo las tejas, cornisas, cámaras de ventilación, puentes, fachadas y tejados pueden proporcionar lugares adecuados para nidificar.
Vencejos, gorriones, estorninos, aviones comunes e incluso algunas rapaces utilizan construcciones humanas. Para ellas, una fachada puede ser simplemente una enorme pared rocosa llena de cavidades.
El problema aparece cuando rehabilitamos edificios y cerramos esos huecos. Una pequeña abertura que para nosotros parece insignificante puede ser un lugar de reproducción utilizado durante años.
Algunas aves han aprendido a vivir muy cerca de nosotros
No todas las especies toleran igual la presencia humana. Hay aves extremadamente desconfiadas que raramente veremos en el centro de una ciudad, otras parecen haberse acostumbrado perfectamente.
Palomas, gorriones, urracas o mirlos pueden continuar buscando alimento mientras las personas pasan a pocos metros. Esta tolerancia permite aprovechar lugares que otras especies evitan. Pero eso no significa necesariamente que las aves hayan perdido el miedo a las personas. Simplemente han aprendido a distinguir qué situaciones representan un peligro y cuáles forman parte de la actividad cotidiana de la ciudad.
Los parques son auténticas islas de naturaleza
Los grandes parques urbanos pueden albergar una sorprendente variedad de aves. Los árboles proporcionan lugares para descansar y nidificar. Los arbustos ofrecen refugio. Las zonas de césped permiten buscar lombrices e insectos y las fuentes o estanques proporcionan agua.
Cuanto más diversa sea la vegetación, más oportunidades habrá para diferentes especies. Un parque formado únicamente por césped y unos pocos árboles ornamentales ofrece muchos menos recursos que otro con árboles maduros, arbustos, flores, zonas sin segar y pequeños puntos de agua. Por eso la manera en que diseñamos nuestras zonas verdes influye directamente en la biodiversidad urbana.
La comida está por todas partes
Las ciudades ofrecen enormes cantidades de alimento. No hablamos solamente de la comida que algunas personas proporcionan directamente a los pájaros, hay restos de alimentos, semillas de plantas ornamentales, frutos de árboles, insectos asociados a jardines y parques y multitud de pequeños recursos repartidos por todo el entorno urbano. Las especies oportunistas son especialmente buenas aprovechándolos. Pero depender de nuestros residuos también tiene inconvenientes. Que un alimento sea fácil de conseguir no significa necesariamente que sea adecuado para un ave.
Algunas especies han cambiado su alimentación
La capacidad de aprovechar alimentos diferentes es una gran ventaja para vivir en ciudades. Las especies con dietas muy especializadas suelen tener más dificultades para adaptarse a ambientes profundamente transformados, en cambio, aquellas capaces de comer semillas, frutos, insectos y otros recursos pueden encontrar alternativas con mayor facilidad. Esto explica parcialmente por qué algunas aves aparecen en prácticamente cualquier ciudad mientras otras necesitan hábitats mucho más concretos.
Las ciudades pueden ser algo más cálidas
Las zonas urbanizadas suelen mantener temperaturas ligeramente superiores a las de los espacios rurales que las rodean debido al conocido efecto de isla de calor. Para algunas especies esto puede resultar ventajoso durante el invierno.
Los edificios también proporcionan lugares protegidos del viento y pequeñas zonas donde las condiciones son más suaves. Pero esta ventaja puede convertirse en un problema durante las olas de calor, especialmente cuando escasean el agua y las zonas de sombra.
El agua también es un recurso urbano
Fuentes, estanques, pequeños lagos, sistemas de riego e incluso charcos proporcionan puntos donde beber y bañarse. Durante los meses cálidos pueden resultar especialmente importantes. En jardines y terrazas también podemos ayudar proporcionando bebederos adecuados, siempre que mantengamos el agua limpia y los coloquemos de manera segura.
Este tipo de medidas las tratamos específicamente en nuestra sección de Naturaleza en el jardín y la terraza.
El ruido obliga a hacerse oír
Vivir rodeado de tráfico, obras y actividad humana plantea un problema evidente para animales que utilizan el sonido para comunicarse. Las aves necesitan que sus cantos y reclamos lleguen a otros individuos. Algunas investigaciones han encontrado cambios en las características del canto de determinadas poblaciones urbanas, que pueden utilizar frecuencias o patrones que facilitan la comunicación en ambientes ruidosos, también puede cambiar el momento en que cantan. Cuando disminuye el tráfico, resulta mucho más fácil hacerse escuchar.
La iluminación artificial cambia la noche
Las ciudades nunca quedan completamente oscuras. Farolas, escaparates, vehículos y edificios iluminados alteran las condiciones naturales de la noche, esto puede modificar los ritmos diarios de algunas aves. En determinadas circunstancias pueden comenzar a cantar antes del amanecer o mantenerse activas durante más tiempo.
La contaminación lumínica también puede afectar a las aves migratorias, especialmente a aquellas que realizan sus desplazamientos durante la noche. Por tanto, vivir en una ciudad también tiene costes.
Hay menos depredadores… pero aparecen otros
Algunos depredadores naturales pueden ser menos abundantes en zonas muy urbanizadas. Sin embargo, las aves encuentran otros peligros. Los gatos domésticos, por ejemplo, pueden capturar aves, especialmente aquellas que pasan tiempo en el suelo. También existen riesgos completamente artificiales, como los vehículos y las grandes superficies de cristal.
Una ventana que refleja árboles y cielo puede parecer al pájaro una continuación del paisaje y provocar una colisión.
Los vencejos son auténticos habitantes de nuestras ciudades
Pocas aves representan mejor la adaptación al entorno urbano. Durante la primavera y el verano podemos ver vencejos atravesando las calles a enorme velocidad y escucharlos mientras vuelan entre los edificios. Muchas poblaciones dependen precisamente de huecos existentes en construcciones para reproducirse.
Eso crea una curiosa relación: algunas de las aves más características de nuestros cielos urbanos necesitan edificios que conserven pequeños espacios donde instalar sus nidos.
También tenemos rapaces urbanas
No todas las aves urbanas son pequeñas, algunas rapaces han descubierto que las ciudades también ofrecen oportunidades. Los edificios altos proporcionan puntos elevados y determinadas especies encuentran suficientes presas para establecerse.
Ver un cernícalo sobre una construcción o un busardo ratonero atravesando una zona urbana quizá sorprenda la primera vez, pero no es algo tan extraño. Incluso los grandes edificios pueden convertirse en sustitutos de paredes rocosas.
¿Las aves urbanas son diferentes de las rurales?
En algunos casos pueden existir diferencias de comportamiento entre individuos de una misma especie que viven en ambientes urbanos y rurales. Las aves urbanas pueden tolerar mejor la proximidad de las personas y reaccionar de manera diferente ante determinados estímulos. Esto no ocurre porque de repente hayan dejado de ser animales silvestres.
Las poblaciones se enfrentan constantemente a las condiciones de su entorno y los individuos capaces de desenvolverse mejor en ellas tienen mayores posibilidades de sobrevivir y reproducirse.
No todas las especies se benefician de las ciudades
Este punto es importante. Decir que algunas aves se han adaptado extraordinariamente bien no significa que las ciudades sean buenas para todas. La transformación del territorio elimina hábitats y perjudica a numerosas especies.
Las que vemos habitualmente son precisamente las que han conseguido tolerar o aprovechar esas condiciones, otras desaparecen cuando sustituimos ambientes naturales por edificios, carreteras y jardines excesivamente simplificados. Por eso una ciudad con muchos pájaros no es necesariamente una ciudad con una gran biodiversidad.
Podemos construir ciudades más favorables para las aves
La forma en que gestionamos parques, jardines y edificios puede ayudar. Conservar árboles maduros, plantar especies vegetales diversas, reducir pesticidas, crear zonas de vegetación más natural, mantener puntos de agua y respetar lugares de nidificación aumenta las oportunidades para la fauna.
En jardines, patios y terrazas también podemos aportar nuestro pequeño granito de arena mediante plantas adecuadas, bebederos, comederos o cajas nido correctamente instaladas. No se trata de convertir cada balcón en una reserva natural, simplemente de dejar un poco de espacio para quienes ya viven junto a nosotros. Porque probablemente la mejor manera de descubrir hasta qué punto las aves se han adaptado a nuestras ciudades sea hacer algo muy sencillo la próxima vez que salgamos de casa: levantar la vista.
Puede que sobre nuestras cabezas esté ocurriendo mucho más de lo que imaginábamos.

