Cuando vemos Coco por primera vez, es fácil quedarse impresionado con la Ciudad de los Muertos. Torres infinitas, puentes colgantes, escaleras imposibles, luces de colores y edificios apilados unos sobre otros crean uno de los escenarios más espectaculares de Pixar.
Pero lo más interesante es que esa ciudad no es solo un decorado bonito. Es casi una lección visual de la historia de México.
Los artistas de Pixar imaginaron que, si la Ciudad de los Muertos llevaba existiendo siglos y siglos, cada generación habría construido encima de la anterior. Por eso la ciudad crece hacia arriba, como una enorme torre hecha de épocas distintas.

En la parte más baja aparecen las estructuras más antiguas, inspiradas en la arquitectura prehispánica: templos, pirámides y formas que recuerdan a las grandes culturas mesoamericanas. Son los cimientos de la ciudad, pero también los cimientos de la historia mexicana.
Encima de esa base aparecen edificios de estilo colonial, con balcones, patios, fachadas decoradas y plazas que recuerdan a muchas ciudades históricas de México. Más arriba se reconocen influencias del siglo XIX y principios del XX, con detalles más ornamentales y estilos propios de esas épocas.
Y en las zonas superiores aparecen construcciones modernas, incluso edificios que parecen todavía en obras. La idea es clara: la ciudad sigue creciendo, igual que la memoria de los muertos sigue viva mientras alguien los recuerde.

Pixar tomó inspiración de lugares reales como Guanajuato, Oaxaca, Morelia y Ciudad de México. Guanajuato fue especialmente importante por sus casas de colores escalando las montañas, una imagen muy parecida a la verticalidad fantástica de la Ciudad de los Muertos.
También hay edificios concretos inspirados en monumentos reales. El Departamento de Reuniones Familiares, por ejemplo, recuerda al Palacio Postal de Ciudad de México, mientras que otros elementos evocan acueductos, plazas coloniales y antiguos templos.
Lo genial es que la mayoría de espectadores no detecta todos esos detalles de forma consciente, pero sí siente su efecto. La ciudad parece creíble porque no está inventada desde cero: está construida con fragmentos de historia, arquitectura y cultura mexicana.
Además, sirve para crear un contraste muy potente con Santa Cecilia, el pueblo de Miguel. El mundo de los vivos es más tranquilo, horizontal y cotidiano. En cambio, el mundo de los muertos es inmenso, vertical, luminoso y casi infinito.

Así que la próxima vez que veas Coco, fíjate en sus torres. No son simplemente edificios bonitos de colores. Son una especie de línea del tiempo arquitectónica, donde la historia de México se apila desde las antiguas civilizaciones prehispánicas hasta la arquitectura contemporánea.
Y eso es precisamente lo que convierte a Coco en algo más que una película de animación: es una carta de amor a México, a su memoria y a la forma en que la arquitectura también puede contar quiénes somos.
